junio 09, 2018

XII - Noche sin Estrellas

La música le dolía en el corazón. Canción nupcial para los novios, canto fúnebre para el Gato Manchado. Tomó el pétalo de Rosa: miró una vez más al Bosque cubierto de Invierno, antes de salir andando pesadamente. Conocía un lugar lejano donde sólo vive la Cobra Cascabel, la que nadie acepta en Bosques ni Haciendas. El Gato tomó en dirección de veredas estrechas que conducen hasta esa encrucijada al Fin del Mundo.

Pasando frente a la casa en plena fiesta, vió que los novios salían. La Golondrina tambien lo vió, adivinando el rumbo de sus pasos. Algo rodó desde los Cielos hasta el pétalo que el Gato llevaba en la mano. Sobre el Rojo sangre del pétalo de Rosa, brilló la Luz de una lágrima de la Golondrina Sinhá. Iluminó el solitario camino del Gato Manchado durante aquella Noche sin Estrellas.


* Así termina la historia que la Mañana oyó del Viento y le declamó al Tiempo que le prometió una Rosa Azul.*

* Ciertos días de Primavera, la Mañana coloca sobre su luminoso vestido la Rosa Azul. Es cuando hace una espléndida Mañana toda Azul.*



FiN



el Gato Manchado y la Golondrina Sinhá :

junio 08, 2018

XI - el Invierno

Éste capítulo deberia ser largo, porque con el Invierno comenzó un Tiempo de tormento. Para qué exponer cosas tristes, para qué contar el suplicio del Gato: que sus ojos estaban negros de tan pardos lo declaraban en cartas enviadas por los habitantes del Bosque, cartas que la Paloma Mensajera llevaba a otros Bosques más lejanos. Tales noticias llegaron hasta el apartado escondrijo de la Cobra Cascabel e incluso ella tembló de angustia. Contando las penurias del Gato igualmente contaban su soledad. El Gato Manchado jamás volvió a dirigir palabra alguna a quien quiera que fuese.

Tan grande era su soledad que, conmovida, Rosa Chá le dijo confidencialmente a Jazmín, su actual amante:
 
Pobrecito! Vive tan solito... no tiene a nadie en el mundo.* - se engañaba la Rosa cuando creía que el Gato Manchado vivía solitario y que no tenia a nadie en el mundo.

Muy al contrario; tenía un mundo de recuerdos, de dulces momentos vividos, de alegres andanzas. No voy a decir que era felíz y que no sufría. Sufría, pero aún no estaba desesperado: todavía se alimentaba con lo que ella le había dado.

Estaba triste porque la felicidad no puede alimentarse tan sólo con recuerdos del pasado: también necesita  tener sueños a futuro.

Un día de suave Sol invernal, se realizó la boda de la Golondrina con el Ruiseñor. Hubo gran fiesta, mesas llenas de dulces y champaña. La boda por lo civil fué en casa de la novia, siendo juez el Gallo con un elocuente discurso sobre las virtudes y los deberes de una buena esposa, recalcando especialmente la fidelidad debida al matrimonio. De la fidelidad del marido a la esposa él no habló. Era mahometano mas no hipócrita: todos sabían que el Gallo Don Juan de Rhode Island tenía su harém.

La boda por lo religioso fué en el Naranjal, en la linda Capilla del Bosque. El Reverendo Padre Urubu vino desde un convento distante para celebrar la ceremonia religiosa. El Papagayo sirvió de sacristán y para la Noche se embriagó. El sermón de Urubu fue conmovedor. La madre de la Golondrina lloró mucho.
 
Cuando el cortejo nupcial salió de la Capilla en arrebolada multitud, la Golondrina vió al Gato observando desde un rincón lejano. No sé de qué manera pudo volar sobre él y dejarle caer un gran pétalo de Rosa, de ésas Rosas Rojas del ramo de novia. El Gato la puso sobre su pecho: parecía una gota de sangre.


Para terminar ésta historia alegremente, podría describir la fiesta dada por los padres de la Golondrina Sinhá. Tal vez debería contar alguna de las anécdotas con que el Papagayo deleitó a los invitados. Habían asistido todos los habitantes del Bosque, menos el Gato Manchado. La Mañana reseñó la fiesta íntegramente al Tiempo, dándole detalles de los vestidos, de las comilonas, de la mesa con dulces y postres, de los adornos de la sala. Todo éso lo puede imaginar el lector a su gusto, con entera independencia.


Solo diré que era maravillosa la Orquesta de los Pájaros y que su melodioso Son llegaba hasta el Gato Manchado, allá solitario por el Bosque. Ya no tenía futuro para alimentar aquél sueño de amor imposible. Noche sin Estrellas, la Noche de fiesta en la boda de la Golondrina Sinhá. Tan sólo un pétalo Rojo sobre su corazón, una gota de sangre.


el Gato Manchado y la Golondrina Sinhá :

X - sigue el Otoño

Criticado, discutido y juzgado el soneto del Gato Manchado, volvemos a nuestra historia. Que además equivale a continuar con el soneto, pues no lo cité al azar sino porque éste soneto tiene mucho que ver con el desarrollo de los echos.

Aconteció así: después de aquella cena entre la Golondrina y el Gato el último día de Verano, él tuvo una larga conversación con la Lechuza. Entre todas las criaturas del Bosque, la Lechuza era la única que estimaba al Gato Manchado, como les había dicho antes. Desde aquella Noche después de lo ocurrido, la Golondrina ya no volvió. El Gato intentó comprender qué pasaba con ella, entre qué sentimientos contradictorios se debatía. Envuelto de tristeza y soledad, resolvió ir a conversar con la Lechuza. Se levantaba del sueño de anciana y abría los ojos por la Noche, su amiga querida.

El Gato tomó asiento sobre un gancho del Árbol donde vivía la Lechuza y hablaron primero de cosas sin importancia. Luego, la Lechuza siendo vidente, adivinó para qué vino al Gato Manchado hasta su casa. Fué franca: no sólo contó los rumores del Bosque (poniendo al Gato casi loco de furia) sino que además dió su opinión:

*Viejo amigo, no hay nada que hacer. ¿Cómo llegaste a pensar que la Golondrina te iba a aceptar como marido? Nunca existió un caso así; aunque ella te amase -y ¿quién afirma que te ame?- jamás podria casarse contigo. Desde que el Mundo es Mundo, las Golondrinas tienen prohibido casarse con los Gatos.*

*Ésta prohibición es más que una ley y está implantada con profundas raices en el corazón de las Golondrinas.*

*Dices que ella gusta de tí, que si dependiera de su voluntad... puede ser, te creo, seguro que sí. Pero aún más fuerte que ella, debe obedecer la ley de las Golondrinas. Porque está dentro de ella desde su más viejo abuelo, desde que existe la primera Golondrina. Y para romper una ley, es preciso una revolución…*

Finalizó, balanceando su cabeza: -*En todo caso, hasta sería bueno que hubiese una revolucioncita… Estamos necesitándola.*

El Gato Manchado no dijo nada. Ni él mismo que amaba a la Golondrina y soñaba con tenerla a su lado, negaría que las Golondrinas duermen sobre nidos entre los Árboles mientras que los Gatos duermen en el suelo sobre trapos abandonados. Se despidió de la Lechuza sin soltar palabra. Llegando a casa, empezó a escribir el célebre soneto. Su elaboración llevó toda la noche y parte de la mañana siguiente. Todo lo que consiguió producir fué la pieza ya juzgada y condenada.

No obstante, aquél primer día de Otoño encontró a la Golondrina. Ella estaba seria; ya no sonreía ni exhibía ésa sutil alegría de siempre, aquel aire de disponibilidad que era su mayor encanto.

Tampoco el Gato Manchado lograba esconder su tristeza: pesaban en su corazón las palabras de la Lechuza. Caminaron en silencio, recorriendo los lugares donde habian estado durante la Primavera y el Verano.

Una y otra vez intercambiaban palabras sueltas, pero ambos tenían ése aire de querer evitar un asunto que era inevitable.

Llegó la hora en que la Golondrina tenía que partir. El Gato le entregó su soneto. Ella voló, muchas veces volteó para atrás, girando su gentil cabecita para verlo con lágrimas en los ojos.

Al día siguiente -fué el día más largo de Otoño- ella no apareció. Inútilmente rondó por las cercanias del Árbol donde ella vivía, mas no la vió. Ésa noche, recordando los rumores del Bosque corrió como Pato loco, le metió un susto casi mortal al Papagayo (quien rezaba sus oraciones nocturnas), rasguñó el hocico del Perro Dinamarqués, robó los huevos del gallinero y –en el colmo de la maldad- no los robó para comérselos sino para tirarlos por todo el campo. El pavor al Gato Manchado volvió a sentar reales en el Bosque y los bulliciosos chismes se transformaron en tímidos murmullos.

El tercer día de Otoño, la Paloma Mensajera trajo desde muy lejos (cuando tuvo el valor de acercarse) una carta. El Gato la leyó varias veces hasta que se la aprendió de memoria. Una carta triste y definitiva enviada por la Golondrina Sinhá. Una Golondrina jamás puede casarse con un Gato. También decía que ellos no debian juntarse más. En compensación, decía que nunca antes fué tan feliz como durante todo el Tiempo que vagaba por el Bosque con el Gato Manchado. Y terminaba:

*Siempre tuya, Sinhá.*

Habia jurado no volver a verlo más. Pero como ya dije y ahora repito, el juramento de una Golondrina no merece confianza alguna. Volvieron a pasear por el Bosque, a ir por los rincones que habían descubierto durante la Primavera. Solo que ahora casi no conversaban, como si existiera una invisible cortina que los separaba.

Fue así como transcurrió el Otoño, un tiempo gris en el que los Árboles iban despidiendo a las Hojas y el Cielo iba despidiendo al Azul. Como el Gato Manchado volvió a ser desconfiado y nuevamente volvió a vivir aislado de todos sin conversar con nadie, no sabía que en la casa de la Golondrina trabajaban seis Arañas costureras preparando el ajuar de la joven novia. El matrimonio del Ruiseñor con la Golondrina Sinhá estaba fechado para el comienzo del Invierno.

En el último día de Otoño, día humedo y airoso seguido por una ventisca que congelaba de frío, la Golondrina quiso ir a todos los lugares que había aprendido a amar durante la Primavera y el Verano.

Estaba extrañamente ruidosa y habladora, tierna y llena de dulzura, como si hubiera levantado de repente la cortina que la separaba del Gato Manchado, como si hubiese traspasado de subito la distancia que los alejaba. Era la misma Golondrina de la Primavera y del Verano, un poco loca y el Gato la contemplaba conmovido.

Estuvieron juntos hasta que llegó la Noche. Entonces ella le dijo que ésta sería la última vez que se verían, que se iba a casar con el Ruiseñor. ¿Porqué? Porque una Golondrina no se puede casar con un Gato.

Como había hecho ya cierto día, pasó sobre él en vuelo rasante tocando con su ala izquerda -era su manera de besar- y ahora él ya no pudo oír el latido del pequeño corazón de la Golondrina, tan débiles que eran esos latidos. Por los aires se fué ésta vez sin mirar atrás.


el Gato Manchado y la Golondrina Sinhá :